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Alejandro Zambra

Biographie

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) est considéré comme le meilleur écrivain chilien de sa génération. Poète et critique, il enseigne également la littérature à l'université Diego Portales de Santiago. En 2007, son premier livre Bonsái (2006) a remporté le Prix chilien de la critique littéraire (meilleur roman) et le Prix du Conseil national du livre du Chili. Ce court roman a été traduit dans plus de 10 langues et adapté au cinéma par le réalisateur chilien Christián Jiménez. Son deuxième roman La Vie privée des arbres a paru aux éditions Rivages en 2009. Personnages secondaires (L'Olivier, 2012) a été nominé pour le prix Médicis. Alejandro Zambra figurait sur la liste des « 22 auteurs hispanophones les plus prometteurs » rédigée par le prestigieux magazine Granta en 2010. En France, ses livres ont été traduits par Denise Laroutis. 

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Texte d'Auteur

EL HOMBRE MÁS CHILENO DEL MUNDO

Ella ganó una Beca Chile y partió a Lovaina para un doctorado. Él quería seguir trabajando, recién había empezado a hacer clases de Filosofía en un colegio particular de Santiago, pero también quería irse con ella, vivir con ella una especie de "para siempre", y sin em- bargo, después de darle mil vueltas, al final de una noche triste en que tiraron muy mal, decidieron que era mejor separarse.
Durante los primeros meses era difícil saber si Elisa de ver- dad lo extrañaba, aunque le enviaba toda clase de señales y él creía interpretarlas bien -estaba seguro de que esos largos mails y esos mensajes caprichosos y coquetos en el muro de Facebook, y sobre todo esas inolvidables tardenoches (tardes de él, noches de ella) de sexo virtual a través de Skype sólo podían interpretarse de una ma- nera. Lo natural era seguir así por un tiempo y de a poco enfriarse, olvidarse. Y quizás verse, alguna vez, dentro de muchos años, y todo eso. Pero una ejecutiva del Banco Santander, sucursal Pedro Aguirre Cerda, se empeñó en ofrecerle a Rodrigo una cuenta corriente y una tarjeta de crédito. Y de pronto él se vio avanzando de una pan- talla a otra, marcando casilleros que decían "sí" y "acepto", ingre- sando los códigos B4 y C9 y F8 y partiendo, a comienzos de enero, sin decirle a nadie --¡sin decirle a ella!-- a Bélgica.
No había un hilo, no había una constante en sus pensamien- tos durante el casi día entero que pasó viajando. En el avión a París hubo una que otra turbulencia, pero como había viajado poco y nunca una distancia tan larga, de algún modo agradecía esas expe- riencias: no llegó realmente a tener miedo y hasta se imaginaba di- ciendo, muy mundano, que el vuelo había sido un poco difícil. Llevaba varios libros en la mochila, pero era primera vez que viajaba en un avión con tantas opciones de entretenimiento, por lo que pasó horas decidiendo qué películas o series quería ver y finalmente no vio ninguna entera, pero jugó, con resultados sorprendentes, varias partidas de "Quién quiere ser millonario".
Mientras caminaba por Charles de Gaulle a tomar el tren, tuvo el pensamiento más bien cómico o convencional de que no, de que realmente no quería ser millonario, que nunca había querido ser millonario. Y quién sabe cómo ese pensamiento nimio, circuns- tancial, un poco necio, lo condujo a una palabra despreciada y deni- grada, que sin embargo ahora brevemente resplandecía o al menos brillaba un poco, o era menos opaca que de costumbre, o era opaca y seria y grande pero no lo avergonzaba: madurez. Siguió pensando en eso después, en el tren de Bruselas a Lovaina. Porque inexplica- blemente gastarse casi todo el dinero de su tarjeta en un pasaje a Bélgica para visitar a Elisa le parecía un signo de madurez.
¿Qué pasó después? Lo peor. Pero a veces lo peor es lo me- jor. Hay que admitir que ella pudo ser más amable, menos cruel. Pero si hubiera sido más amable él quizás no habría entendido. Ella no quiso dejarle esa chance. Él la llamó desde la estación, Elisa no creía hasta que lo vio con sus propios ojos, pero desde lejos, porque no quiso acercarse, ni le dijo que estaba cerca, que podía verlo. Y realmente estaba muy cerca, espiaba tras la esquina: sentado sobre la maleta, medio entumido y ansioso, mirando a todas partes con una mezcla de confianza y de inocencia que a Elisa le pareció repul- siva --no lograba ordenar sus sentimientos, sus pensamientos, sus tralalálala: pero una cosa segura era que no quería pasar esos días con Rodrigo, ni esos ni otros, ningunos. Y quizás estaba todavía un poco enamorada, lo quería, le parecía divertido hablar con él, pero que él apareciera sin más, como en una mala película, dispuesto a abrazar y ser abrazado, disponible para convertirse en la estrella que cruza el mundo por amor, era para ella mucho más una afrenta e incluso una humillación que una alegría.

No tenía novio ni nada pero se fue a casa y después, mien- tras él insistía deshonrosamente en verla, lo llamó de vuelta y fue muy clara: no voy a ir a buscarte, no quiero verte, tengo un novio, vivo con él, no quiero verte nunca más. Por supuesto hubo quince llamadas más y ella contestó las quince veces y respondió lo mismo, salvo la última llamada en que, para agregar un poco de verosimili- tud al asunto, le dijo que su novio era alemán.
Por supuesto hay otros motivos, hay una historia paralela a esta donde se relata con pormenores por qué ella no quiere verlo nunca más; una historia que habla de la necesidad de un cambio verdadero, de dejar atrás su pequeño mundo de colegio de monjas, su deseo de buscar otros rumbos, en fin, es muy coherente romper definitivamente con Rodrigo --quizás no dejarlo sentado ahí, anhe- lante y casi muerto de frío, pero romper con él, de alguna manera. Y sería bueno seguir contando la historia de ella, pero en estos mo- mentos, echada en su cama y escuchando algún disco del amplio espectro alternativo (el último de Beach House, por ejemplo), está tranquila y quizás feliz.
Elisa acaba de dejar a Rodrigo, o de volver a dejarlo, y sería demasiado que también nosotros lo abandonáramos.
Aquí lo vemos partir en una rápida pero atolondrada cami- nata por la ciudad. Le parece ver a veinte o treinta mujeres más hermosas que Elisa, piensa por qué Hans --decide que el alemán se llama Hans-- eligió justamente a esta chilena que no parece tan vo- luptuosa ni tan morena y entonces recuerda lo buena que es Elisa en la cama, y se siente podrido y a la vez algo así como orgulloso, y de nuevo podrido y orgulloso y tararárara. Sigue caminando pero ya no ve más que una ciudad hermosa llena de gente hermosa, mien- tras piensa que Elisa es una puta y otras cosas habituales en un despechado. Camina sin rumbo, pero Lovaina es una ciudad dema- siado pequeña para caminar sin rumbo, y al poco rato, sin saber muy bien cómo, está de vuelta en la estación.
A medio andar, se detiene frente a la Fonske, que es casi lo único que Elisa le contó sobre la ciudad: que hay una fuente con la estatua de un niño o de un estudiante o de un hombre que mira en un libro la fórmula de la felicidad y se echa agua (o cerveza) en la cabeza. La fuente le parece más extraña que graciosa, incluso agre- siva, y evita las ironías sobre la felicidad, sobre la fórmula de la feli- cidad. Y sigue mirando la fuente, que por algún motivo ese día está seca, está apagada, mientras fuma un cigarro, el primero desde que bajó del tren, el primero en suelo europeo, que es un Belmont chi- leno sobreviviente. Y aunque durante todo el tiempo ha sentido un frío inmenso, recién ahora se hace presente, insiste en el cuerpo como intentando realmente entrar en los huesos. Abre su maleta, encuentra un pantalón que le queda holgado y se lo pone ahí mis- mo, igual otra chomba, y un gorro, pero no tiene guantes. Piensa que va a morir de frío, literalmente. Y que es una ironía, porque era Elisa la friolenta, es la novia más friolenta que ha tenido, la mujer más friolenta que ha conocido, incluso en verano, al atardecer, usa- ba chalecos y chales.
Recuerda entonces el chiste del hombre más friolento del mundo, el único chiste que alguna vez le contó su padre.
Recuerda a su padre contando el chiste, alrededor de una fogata, en una playa de Iquique, hace muchos años: siempre había sido más bien esquivo y parco, y sin embargo cuando contó ese chiste parecía que fuera otra persona, cada frase salía de su boca como impulsada por un mecanismo misterioso y efectivo, y al verlo así, preparando sabiamente al público, bendecido por una inminen- te carcajada, se diría que era un hombre gracioso y genial. Hacía meses que no veía a su padre, distanciados por alguna tontería. Pen- só que a él le gustaría que en una situación como esa fuera valiente. No, no sabía en realidad qué pensaría su padre de una situación como la que estaba viviendo. Su padre no tendría nunca una tarjeta de crédito ni mucho menos viajaría irresponsablemente miles de kilómetros para que le dieran la patada en el estómago que acababa de recibir.

Decide volver a Bruselas. La gente viaja de Lovaina a Bruse- las, o de Bruselas a Amberes o de Amberes a Gent, pero es un poco excesivo llamar viajes a esos desplazamientos tan cortos. Y sin em- bargo a Rodrigo la media hora a Bruselas le parece una eternidad. Piensa en Elisa y Hans caminando por esa ciudad tan universitaria, tan europea y correcta. Baja del tren, camina algunas cuadras, pero no mira la ciudad, sigue pensando en Lovaina, en Elisa, en Hans, y pasan como cuarenta minutos antes de que se dé cuenta: olvidó su maleta en el tren. Estaba tan absorto, tan ansioso por llegar... Pero no hay excusas. Dejó la maleta en un rincón, junto a los bultos de los demás pasajeros, y bajó sin más. Se dice a sí mismo, en voz alta, con energía: ahuevonado.
Compra unas papas fritas cerca de la estación y se queda parado en una esquina. Cuando se incorpora siente un mareo, pero no es exactamente eso: quiere acelerar, piensa en ir a un museo o sentarse en una plaza, pero debe detenerse debido a lo que parece una molestia, una impresión de vértigo que nunca antes ha sentido, y de inmediato empieza a crecer, como si fuera un movimiento libe- rado: simplemente siente que se va a caer y sin embargo consigue la estabilidad mínima para avanzar. La mochila no pesa casi nada, pero la deja a un lado y da cinco pasos, para probar, y el vértigo sigue.
Tiene que detenerse del todo y apoyarse en la vitrina de una tienda de zapatos. Estacionado allí, termina de comerse las papas fritas en tanto que avanza lentamente, de vitrina en vitrina, como una especie de degradado hombre araña, mientras mira de reojo los interiores de las tiendas --tantos diferentes chocolates, cervezas y lámparas, y los restoranes de comida sana y las tiendas de regalos curiosos (unas baquetas que también sirven como palitos chinos, un tazón que parece lente fotográfico y un sinfín de miniaturas). Media hora más tarde ha avanzado apenas tres o cuatro cuadras, pero por fortuna, en un puesto de la calle, encuentra un paraguas azul, que le cuesta diez euros. Al comienzo camina todavía con una sensación de inestabilidad, pero el paraguas le da confianza y a los pocos pasos ya siente que se ha acostumbrado al improvisado bastón. Recién entonces mira la ciudad. Piensa que todo es un sueño, que está cerca de la Plaza de Armas, de la Catedral, en el barrio peruano, en San- tiago de Chile. ¡No! No piensa eso: piensa que piensa que está en la Plaza de Armas. Piensa que piensa que todo es un sueño.
Las tiendas empiezan a cerrar. Es difícil saber si es de día o de noche: son las cinco y cuarto pm y las luces de los departamen- tos y de los autos ya están encendidas. Camina alejándose del cen- tro, pero de forma instintiva entra a una lavandería y piensa que puede pasar un tiempo ahí, o ni siquiera lo piensa pero se queda ahí, junto a dos o tres tipos que leen mientras esperan su ropa. La temperatura no es elevada allí adentro, pero bastante aceptable. Es absurdo, sabe que le falta el dinero, que va a necesitar cada moneda, pero igual se quita uno de los pantalones, la segunda camisa y el par de calcetines adicionales. Le cuesta comprender el funcionamiento de las máquinas, que son viejas y hasta parecen peligrosas, pero siente una satisfacción tonta cuando empieza a andar. Se queda mi- rando el movimiento de la ropa, absorto o paralizado, con la aten- ción con que se mira en la tele la final de un campeonato, y quizás hasta era más interesante que la final de un campeonato, porque mientras veía saltar la ropa, arrinconada contra el vidrio, inundada por la lavaza, recordaba escenas, recordaba su propio cuerpo en una visión extraña, medio erótica, medio torpe. Es quizás su idea kitsch de la purificación.
Luego entra a una pizzería llamada Bella Vita, que parece barata. Lo atiende Bülent, un turco muy amable y risueño que habla algo de francés y un poco de flamenco pero nada de inglés, así que se entienden exclusivamente mediante señas y un murmullo recí- proco que quizás sólo sirve para demostrar que ninguno de los dos es mudo. Come una pizza napolitana extraordinaria y se queda ahí, ultimando un café. No sabe qué hacer, no quiere seguir dando vuel- tas, no se decide a buscar un hotel barato, muy angustiado y teme- roso. Intenta preguntarle a Bülent si hay wifi en el lugar, pero es realmente difícil hacer la mímica que signifique la existencia de una red wifi, y a esas alturas él ya está tan descoyuntado que no se le ocurre pronunciar la expresión WIFI. Por suerte al lugar llega Piet, un tipo extraordinariamente alto que usa unos anteojos de marco rojo y grueso. Piet sabe inglés y hasta un poquito de español --in- cluso estuvo en Chile, durante un mes, hace años. Rodrigo por fin tiene con quien hablar.
Un par de horas después están en el living del hermoso de- partamento de Piet, que queda frente de la pizzería. Rodrigo mira desde el ventanal, mientras Piet prepara café, cómo Bülent, y otro hombre y la mesera cierran el local. Prende el computador, se co- necta a Internet, no hay mensajes de ella, pero tampoco los espera. Intenta conectarse con un amigo del colegio que, según recuerda, desde hace algunos años vive en Bruselas, lo encuentra fácilmente en Facebook, y él responde en seguida, pero ahora está en Chile, cuidando a su padre enfermo, y aunque piensa retomar sus estu- dios, por lo pronto va a quedarse en Santiago un tiempo ilimitado. Diez minutos después entra otro mensaje en que el amigo le reco- mienda que tome peket sin miedo ("tiene buena cura, pero mala ca- ña"), que evite las endibias asadas ("no a las endibias asadas, sí a las boulettes de viande y a los moules et frites"), que pruebe los hot dogs con chucrut caliente y mostaza, que cerca de la Grand Place compre chocolates en Galler y vaya a la librería Tropismes, que no se pierda el Museo de la Música y el de Magritte, en fin, todos esos pormenores que a Rodrigo le parecen tan lejanos, casi imposibles, porque este ya no es un viaje de turismo, nunca lo fue. Se desespe- ra, no tiene gran cosa en la tarjeta de crédito, y en la billetera le quedan sólo cien euros.
En eso llega Bart, el editor de Piet, que vive en Utrecht. Só- lo entonces Rodrigo se entera de que Piet es escritor, que ha publi- cado dos libros de cuentos y una novela. Le gusta esa prudencia de Piet, esa timidez. Piensa que si fuera escritor tampoco lo andaría declarando por ahí.
Bart es incluso más alto que Piet, es un gigante de más de dos metros. Junto a un amigo que también se llama Bart, lleva una editorial pequeña donde publica a escritores emergentes, casi todos narradores, mitad holandeses mitad belgas. El otro Bart curiosa- mente vive en Colombia, porque se enamoró de una payanesa, pero desde allá maneja todo on line, mientras que a este Bart le corres- ponde ordenar el circuito de distribución, que básicamente consi- dera una serie de librerías chicas, ninguna comercial.
Bart es amistoso, cuenta su historia en un inglés bastante bueno, pero también ayudan sus gestos rotundos y cierto talento para la mímica cuando le fallan las palabras. Son casi las diez, cami- nan dos cuadras hasta La Vesa, un bar un poco lúgubre donde los jueves hay lecturas de poesía, pero hoy no es jueves sino martes. Rodrigo se siente mejor, lleva el paraguas en la mano pero por aho- ra no lo necesita. Por un minuto cree --ilusamente-- que tiene algu- na posibilidad con Laura, la mesera italiana que no es hermosa a primera vista pero se vuelve hermosa con el correr de los minutos y no por efecto del alcohol sino porque hay que mirarla realmente bien para descubrir su belleza. Sus nuevos amigos toman cerveza, Rodrigo pide copas de vino, Piet le pregunta si no le gusta la cerve- za, y él les dice que le gusta, pero que tiene demasiado frío aún, que prefiere la calidez del vino, y ellos empiezan a hablar de la cerveza belga, que es la mejor del mundo. Piet le dice que no hace tanto frío, que ha habido muchos inviernos peores. Entonces Rodrigo quiere contarles el chiste del hombre más friolento del mundo, pero no sabe cómo se dice friolento en inglés, así que dice "I am" y el gesto de tiritar, y Bart le dice "you're chilly" y todos se enredan porque Rodrigo entiende que hablan de Chile, de si acaso él es chi- leno, hasta que después de varios malentendidos, que celebran con estruendo, entienden que el chiste es sobre the chilliest man on earth y cuando cuenta el chiste Rodrigo agrega que el hombre más friolento del mundo definitely es chileno, the chilliest man on earth, y se ríe con ganas, por primera vez se ríe en territorio belga como se reiría en territorio chileno.

Rodrigo sabe que no es un chiste muy conocido, por eso lo cuenta con confianza. Y también sabe que se van a reír, porque el chiste del hombre más friolento del mundo (que era chileno), es bueno --empieza por la infancia de este niño chileno friolento, y cómo sus padres no le creían cuando decía, en pleno verano, con 30 grados a la sombra, que seguía teniendo frío, y luego salta a la ado- lescencia cuando visita con sus amigos Calama y después Iquique y tiene frío y después, de adulto, sigue teniendo frío en el verano de Buenos Aires y en Varadero, hasta que sucede lo inevitable: que se muere de frío.
Llega entonces al cielo, porque a pesar de sus problemas de frío, él había sido un buen hijo, un buen padre, un buen cristiano. San Pedro lo recibe con honores, pero los problemas empiezan de inmediato, porque el chileno sigue teniendo frío, y entonces va a parar al infierno, a pesar de que durante toda su vida había sido un ejemplo para sus semejantes.
Era impensable que en el infierno el hombre siguiera te- niendo frío. Pero así fue. Muy pronto el caso llega a oídos de Sata- nás, que lo encuentra de lo más curioso, y termina haciéndose cargo del asunto. Una mañana el propio mandinga conduce al chileno nada menos que al lugar más caluroso imaginable: el centro del sol. El diablo tiene que ponerse un traje especial, puesto que de otro modo se quemaría. Llegan a un pequeño cubículo de dos por dos, el diablo abre la puerta, el chileno entra y se queda ahí.
Pasan semanas, meses, años, hasta que un día, movido por la curiosidad, el diablo decide hacer una visita al chileno. Vuelve a po- nerse su traje especial, viaja al centro del sol, y cuando está abrien- do la puerta del cubículo siente que desde adentro el chileno grita: "eh pues, la puerta, que hace frío".
"Please close the door, it's chilly here", dice Rodrigo, y su performance es un éxito. Yo creo que el hombre más friolento del mundo eres tú, le dice Bart, y yo quiero que el hombre más friolen- to del mundo pruebe la mejor cerveza del mundo. Piet propone ir a un bar donde venden centenares de cervezas de todo el mundo, pero al final deciden ir a otro bar más cercano, donde venden, clan- destina, Westvleteren, la así llamada mejor cerveza del mundo, y en el camino le cuentan la historia de los monjes que manufacturan la cerveza y la venden sólo en cantidades prudentes, y Rodrigo la en- cuentra asombrosa, desea que la cerveza le guste mucho y así nomás es, aunque compran solamente una para los tres, porque la botella cuesta diez euros.
Vuelven al departamento a las tres de la mañana y siguen bebiendo un rato más. Ellos lo escuchan a medias, se ríen, Piet trae un colchón. Lo ponen bajo el sillón, y entonces Rodrigo piensa qué va a hacer si Bart intenta algo. Piensa si va a rechazarlo o no, pero se queda dormido y Bart también.
Rodrigo se despierta temprano, está solo en el living. Tiene un poco de caña, el café le hace bien. Mira la calle, mira las casas. Espera una hora para despedirse de Piet y pero luego entreabre la puerta y los ve durmiendo juntos, semi abrazados. No se dio cuenta de que eran pareja, quizás no lo eran.
Baja los cuatro pisos por la escalera. No tiene absolutamente ningún plan, pero sería inexacto decir que está triste. Ahora intenta caminar sin bastón, como en los finales felices. Pero no puede y se cae. Cae feo, cae duro, el doble pantalón se raja, le sangra la rodilla. Se queda en la esquina, pensando, paralizado del dolor, pero sería excesivo decir que está desesperado. Y empieza a llover, como cuan- do en los dibujos animados una nube seguía al personaje, pero esta lluvia es para todos, no sólo para él. Y es una lluvia muy fría. Y va a ser difícil caminar bajo esa lluvia helada. Y entonces piensa que con el dinero que le queda va a comprar otro paraguas. Y se imagina a sí mismo con dos paraguas, uno para el equilibrio, el otro para la llu- via, se ve a sí mismo avanzando lentamente por la ciudad y entonces sonríe y en esa sonrisa es visible una cierta alegría verdadera.

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19.11.12 > 17.12.12

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